Escribo ésta contribución, en forma de testimonio, felizmente agotada después de un día de celebración del primer cumpleaños de mi hijo Nahuel. Hace justo un año había parido por primera vez, en mi casa; con mi compañero, mis hermanas y el acompañamiento cálido, sabio y amoroso de Inma. Hace un año empezaba otro capítulo, después del embarazo y el parto: el del postparto, del que se habla menos y que es tan intenso, desgarrador y mágico a la vez. Y es que el camino compartido con Inma antes de parir y en el parto de Nahuel fue cómplice, cercano, familiar; pero su presencia en el postparto fue todo esto y más, un sostén firme y tierno que agradeceré siempre en el primer mes y medio de vida de mi hijo y mía como madre.

Mi embarazo fue agradable, feliz, sin complicaciones importantes. Queríamos que el parto fuera natural y empezamos a interesarnos por la posibilidad de parir en casa. Casualmente, varias familias de nuestro entorno habían sido acompañadas por Inma, y yo había oído hablar de ella. Hablamos por videollamada, tenía disponibilidad para nuestra fecha prevista de parto, lo tuvimos claro. Cada visita en casa o llamada nos daba más confianza: hacia ella, hacia nosotros, hacia el proceso natural de las cosas. Con humor y a la vez sabiduría, honrando cada paso con simplicidad y cariño.

El parto fue antes de lo imaginado, casi sin Inma, que se encontraba el mismo día atendiendo a otra mujer que afortunadamente para nosotros al final no dio a luz aquella noche, y finalmente pudo venir a nuestra casa. 8 horas de parto activo con su presencia reconfortante cerca nuestra. Nahuel nació con vuelta de cordón que gestionó ella en milisegundos nada más nacer, se emocionó como nosotros al verle salir del otro lado de la piel, nos abrazamos con mi pareja y mis dos hermanas, qué experiencia tan increíblemente bonita.

Con mi pareja decimos que Inma es una chamana de la vida, y es que su sostén después del parto de Nahuel fue imprescindible. Las visitas de los primeros días, sus cuidados, su atención integral: más allá de lo físico, de los puntos, del sangrado. Pese a haber iniciado la lactancia sin problemas, Nahuel aumentaba muy poquito de peso al no tener suficiente fuerza de succión. Allí comenzó una odisea de sacaleches, alimentación por jeringa, logopeda neonatal, pediatras del CAP obsesionadas por el percentil, balanzas, cólicos… fue muy difícil. Pensé en dejar la lactancia muchas veces. Pero lo conseguimos. Y allí estuvo Inma: cada visita, cada llamada, cada whatsapp de desesperación que le mandamos a las tantas, cada mensaje de ánimo y consejo de experta. Casi dos meses de nuestros primeros retos como madre y padre, y para despedirnos hicimos el ritual de la cerrada mexicana, en el que participaron mi madre e Inma.

Hoy Nahuel es un niño fascinado con el mundo de un año, un año de lactancia feliz. Ayer volvimos a ver todas las fotos y vídeos del parto y, qué recuerdo más maravilloso. El milagro de la vida…, gracias y mil veces gracias por cuidarlo, sostenerlo y acompañarlo.

Júlia Pírez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.