Nacer y Renacer – Noelia y Martina

Nacer y Renacer, La llegada de Martina en un PVDC en casa

 Mi historia te la escribo a ti Martina, porque ya no es sólo mía, es NUESTRA. Sé que es pronto para que puedas comprender todo lo que voy a contarte, sé que es muy pronto para que la puedas sentir tal y como yo la siento ahora mismo, pero estoy segura que el día que lo hagas te darás cuenta del amor tan infinito que hay en cada palabra que te escribo.

Así pues, nuestra historia empieza el día que nació tu hermana Emma. Pensarás que es mucho tiempo atrás, pues hace justo unos tres años. Pero ahora sé que fue ése el día que supe que a ti te vería nacer de otra manera y en otro lugar.

Tu hermana, la que tanta vida me da, nació por cesárea, algo que ninguna de las dos nos merecíamos (ésa es otra historia que ya te contaré).  Pero quizá tuvo que ser así para que yo pudiera recorrer éste camino hacia ti, hacia tu llegada.

El día 21 de mayo me enteraba que ya estabas formando parte de mí, era increíble, tenías tanta prisa por llegar!!! Fueron pasando las semanas y algo en mi interior me decía que yo no podía verte nacer en un hospital, que no iba a pasar otra vez por una innecesaria y, casi sin darme cuenta, me ví mirando la página web de Néixer a Casa. A medida que me informaba, leía libros, relatos, veía videos, me iba transformando en una Noelia más poderosa y con más confianza. Te he de confesar que en muchos aspectos de mi vida soy y he sido bastante insegura, pero algo se apoderó de mí, una fuerza mayor que me decía y sentía que ibas a nacer en casa y aquella mujer, a veces insegura, dejó de serlo.   Lloraba al ver vídeos de otros partos y me veía yo haciendo lo mismo y cogiéndote entre mis brazos. Aún entonces era un sueño. Pero los sueños, si los vives y crees que “SÓN” acaban siendo una realidad.  Y mi realidad fuiste TÚ.

Pasaron los meses y llegaron las últimas semanas de embarazo, feliz de sentirte cada vez más cerca y ansiosa por vivir nuestro momento, nuestro tan deseado momento. Llegaron las 38 semanas, las 39, las 40,… y el miedo empezó a  apoderarse de mí. Aquella mujer segura tenía miedo!? Pues sí, miedo a no ponerme de parto. Ahora, desde la distancia, me parece ridículo… ¿cómo no me iba a poner de parto?! No hay nada más seguro que dentro no te ibas a quedar, pero los miedos a tener que ir a un hospital intentaban vencerme.

Y así, agobiada y presionada por mí misma llegué al jueves 30 de enero.

Yo estaba de 40 semanas y 4 días, y desesperada quizá por no saber si mi cuerpo funcionaria, desesperada por no saber si mi cuerpo sabría parir (miedo causado por mi innecesaria) estallé en un sinfín de lágrimas. Tanto lloré que creo que liberé toda aquella energía que tenía prisionera, prisionera de mis miedos. Qué bien me sentaron aquellas lágrimas, porque como si de un dulce baño se tratase me inundó la calma y me relajé.

Hacía semanas que lo tenía todo listo y preparado. Limpiaba sobre limpio, ordenaba y volvía a reordenar, revisaba las cosas de la lista que tenía que tener en casa… en fin que, como no había más que hacer si no acabar de disfrutar los días que me quedaban contigo dentro, fuimos en familia a pasear. Recuerdo que me comí un gofre con nutella que me supo a gloria (son aquellos pequeños detalles sin importancia que te quedan grabados para siempre y pasan a ser entrañables). Después, como cada noche, tu papi bañó a Emma mientras yo hacía la cena. Cenamos juntos y me fui a la cama hacia las doce.

Y, como cada noche, me acosté pensando si sucedería algo…

Me desperté antes de las 3:00h para hacer un pipi y justo cuando me volvía a meter en la cama me dio mi primera contracción, de esas de verdad. Pensé,… ¿esto ha sido una contracción? Si? No? SI, SÍ lo ha sido! Aquella contracción me sorprendió, no me la esperaba y me encantó. Fue como sentir que me decías “ei mami, que estoy aquí”.

Cerré los ojos pensando si sería la única, aunque feliz por sentirte más cerca.

Cuando creí estar de nuevo dormida, otra contracción! Me pregunté, ¿qué hora es? Miré el reloj, eran las 3:10h!!! Sólo habían pasado diez minutos! Sería casualidad,… Intenté dormir. Diez minutos después, otra contracción. Y otra, y otra,… así se iban sucediendo más o menos cada 10-15 minutos, algunas cada 8 u 9 incluso. Aquellas contracciones me hicieron llorar de alegría!!! Síiiii me estaba poniendo de parto! Sabía que era pronto para decirlo porque todavía era pronto, pero no podía evitar emocionarme. Mi cuerpo me había escuchado, sí estaba funcionando! Entonces recordé lo que tantas veces había leído, duerme entre contracciones y descansa. Y yo, obediente de mis recuerdos, así intenté hacerlo.

Tu papi dormía tranquilamente y no quise decirle nada. Pero a las 6:00h ya no pude aguantar más de la emoción y le medio desperté contándole que tenía contracciones cada diez minutos. Todavía dormido me dijo “vale” y siguió en su letargo. No insistí, simplemente me reí en silencio.

A las 8:00h sonaba el despertador. Por fiiiiiin!!!! Estaba deseando que se enterase tu padre y contárselo a Laia y a Roser. Había ido contando las contracciones con una aplicación del móvil, eran bastante regulares, más o menos cada diez minutos y duraban unos 30 o 40 segundos. Estaba taaaan feliz! La cosa iba muuuy bien! Ya había pedido velitas en AC por si acaso e informé a LJC, que para mí había sido como una doula virtual en aquellas últimas semanas.

Seguimos la rutina de cada día, desayunamos, arreglé a Emma y papi la llevó al cole. Mientras, avisé a Roser y a Laia por whatsapp. Iba controlando si las contracciones seguían siendo regulares o bien se distanciaban o se paraban, cosa que durante el día podía pasar. Pero no fue así, una vez estuvo Emma en el cole las contracciones aumentaron de intensidad y de frecuencia, empezaron a ser cada 7, 8 minutos. Bieeeen! No se paraban! No sabes lo viva que me sentía.

Y aunque pueda parecer increíble, disfrutaba de cada una de ellas. Me sentía más cerca de ti, de vernos por primera vez.

Me sentía enérgica, pletórica, siempre me había sentido preparada para esto. No tenía miedo, no estaba nerviosa, simplemente vivía el momento.

Avisé a tu iaia Tere que, como parecía que la cosa estaba en marcha y, aunque seguramente iría para largo, viniese a buscar a Emma a casa después del cole.

Mientras, fui reordenando y relimpiando la casa otra vez (yo siempre hasta el último momento en mi línea jeje) y dejando preparado todo lo que seguramente iba a necesitar en unas horas.

A las 12’15h. llegaba Emma a casa. Recuerdo que cuando llegó yo estaba tumbada en la cama intentando descansar y dormir un rato, cosa que no conseguí, pues el dolor cada vez era más intenso. Llegó la hora de irse. La miré a los ojos y me despedí de ella dándole muchos besitos y abrazos. Me dio mucha fuerza saber que pronto conocería a su hermana.

Serían las 13’30 o 14h, comíamos tranquilamente. Hablábamos ilusionados del día tan esperado, ése día que ya había llegado. A mi ya me costaba estar pendiente de contar las contracciones, así que fue Alex quien se encargó a partir de entonces. Me miraba y casi no hacía falta que le avisara de cuándo venían y cuándo se iban. No recuerdo que comimos, pero sí que ya no me apeteció el postre. Las contracciones eran cada 5-7 minutos, otras quizá cada 4, y ya duraban alrededor de un minuto.

Sentía el dolor en la parte baja de mi barriga. Sentía llegar las contracciones, me daban calor.

Mientras yo iba y venía por casa, Alex comentaba a Roser y a Laia que las contracciones cada vez me molestaban más. Me recomendaron darme un baño.

Y ahí empecé a vivir uno de los momentos más bonitos y dulces de ese día. Llenamos la bañera. Encendí tu velita, la que nos acompañó a las dos toda la noche. Me sumergí, el agua caliente relajaba todo mi cuerpo. Y estando allí en silencio, me contemplé. Estaba viviendo lo que tantas veces había imaginado! Y empecé a creérmelo. Nos quedamos solas, tranquilas, conectándonos. De pronto me sorprendió una música y sentí emoción. Tu papi había estado preparando los altavoces para que la música también nos acompañase.

Y a partir de aquí empecé a perder la noción del tiempo. Debieron pasar unas dos horas cuando decidí salir de la bañera. Quería cambiar de posición. Me fui al comedor, paseé, me puse en la pelota,… creo que me empezaba a cambiar la cara y necesitaba acompañar cada contracción con un leve gemido, así parecía que dolía menos.

Cada vez era todo más intenso y decidí volver a la bañera con la intención que volviese a darme el descanso que necesitaba.

Eran las 17h. No sabíamos si ya había llegado el momento de avisar para que vinieran a casa y, justo antes de meterme en la bañera, Roser llamó a Alex para ver que tal estábamos. Me pasó el teléfono pero apenas pude hablar, las contracciones eran muy seguidas y dolían, vaya si dolían! Así que al escucharme decidieron que venían ya para casa.

Llegaron a las 18h., yo seguía en la bañera, se había convertido en mi refugio. Recuerdo que cuando las vi me inundó la calma y me entraron ganas de llorar, pues ahora estaban a mi lado, en mi parto!

Ellas, siempre tranquilas y felices, me animaban diciéndome que lo estaba haciendo muy bien. Íbamos escuchando tu corazoncito. Estabas tan feliz dentro de mí, preparándote para salir.

Cerraba los ojos y me dejaba llevar. Me dolía mucho. Decía en voz alta que no podía y dudaba de si lo estaba haciendo bien. Quería descansar entre contracciones, dormir un rato, sólo eso, pero eran tan seguidas que no me dejaban. Alex me cuidaba, con palabras de ánimo, dándome de beber zumo de manzana, cubriéndome con agua calentita y dándome fuerza cogiéndome de la mano. De fondo las escuchaba preparar cosas. Otras veces no escuchaba nada, sólo a mí. Ya empezaba a desconectar del mundo, había momentos en los que no estaba en la bañera, viajaba fuera de mí, a otra realidad dónde sólo estábamos nosotras.

Estuvimos en la bañera hasta casi las 21 h. Después fuimos a la habitación, me tumbé un rato intentando descansar. Tenía muchas ganas de vomitar, y segundos después lo hice. Les preguntaba que tenía que hacer, no me daba cuenta que mi cuerpo ya lo sabía y actuaba por instinto.

Estaba cansada y hacia las 22h decidimos probar la silla de partos. A veces me venían pensamientos como, ¿me quedará mucho? ¿Estaré dilatada? (nunca me hicieron un tacto)… Allí sentada me acompañaba Roser dándome un masaje, yo me apoyaba en ella, después en la cama, agarrando fuerte la mano de Alex. Una fuerza dentro de mí apretaba y me hacía rugir como si de una leona se tratase. De mi interior fluían líquidos que me hacían estar más cerca de ti. En una de esas veces noté como algo se rompía dentro de mí, había roto aguas y eran claras.

Eran las 23’15h. cuando me propusieron volver a la cama y me pareció genial. Me subí a cuatro patas y de nuevo volvió la leona. Aquella que antes rugía ahora se mostraba silenciosa, apenas un leve gruñido, pero con más fuerza que nunca. No sé ni como ni porqué pero me encontré con la cabeza hundida entre cojines y mi cuerpo iba y venía solo. No hacía falta pensar, ya sabía que hacer, estaba pujando. Recuerdo el calor de las manos de Laia masajeándome la parte baja de la espalda, una toalla que me intentaba cubrir pero se iba cayendo con mis movimientos, unas sábanas lilas a las que me agarraba con fuerza y unas suaves palabras de ánimo que me iban acariciando.

A cada contracción mi cuerpo se mueve pujando suavemente. Estoy concentrada en mí, en nosotras. Ya no necesito coger la mano de Alex. Me dicen que se le ve el pelito y pienso que ya estoy muy cerca de verte. Siento el calor húmedo de una gasa en mi periné, me calma. Empiezo a sentir que tu cabecita quiere salir, muy lentamente, muy despacito, muy suave. Siento una fuerza que nunca antes he tenido y aprieto desde lo más hondo de mi ser. Noto como a cada pujo sale un poquito más de tu cabeza. Me sorprendo de mi misma, me doy cuenta que ya no siento dolor, aunque sí muchas ganas de apretar y dejarte salir. No dejan de repetirme lo bien que lo estoy haciendo y lo poquito que nos queda. Cojo aliento entre contracciones y ahora tu cabecita ya no vuelve a entrar. Estás casi fuera, me quema, me escuece y parece que me vaya a partir, pero no me duele. Me dicen que sale la cabecita hasta los ojos. Te siento casi fuera y me lleno de poder. Descanso. Y en la siguiente contracción vuelvo a sacar el animal que hay en mí y aprieto como nunca y por fin sale toda tu cabecita. Ya estabas aquí, y con la ayuda de Laia acabaste de salir. Eran las 00’40h.

Inmediatamente desperté, volví en mí y salí de mi guarida, buscándote, llamándote “ay mi niña”. Te pasaron entre mis piernas y desapareció todo a nuestro alrededor, se paró el mundo y sólo estábamos tú y yo. Mis manos te sujetaban, desprendías calor, un olor dulce, llorabas y yo te besaba, te hablaba, diciéndote “hola mi cosita linda, ay mi vida y mi corazón… pero qué grande y gordita estás”, “¿pero como eres tan bonita tú?”, “ay que lo ha hecho la mama”, “mi sueño, mi sueño hecho realidad”. Y fue en ese mismo instante, en el que te miré a los ojos, cuando sentí que volvía a nacer Emma, nacías tú y renacía ella.

Me sentía grande, ya no estaba cansada, ya no me dolía nada, estaba pletórica, eufórica! Quería gritar al mundo que lo había conseguido, que lo había hecho yo sola, que había parido a mi hija!

Había magia en aquella habitación, nos besamos y abrazamos todos los que estábamos allí. Se escuchaban llantos y risas, se sentía el amor. Piel con piel.

Pasado un rato tu papi cortó el cordón, cuando dejó de latir. Poco después de la 1h alumbré la placenta y Laia y Roser me miraron por si tenía algún desgarro, nada de nada! Otro subidón más! Olé yo! Pesaste 3’900 kg.

No me lo creo, a la 1’30h., acabada de parir, me estoy duchando. Tengo hambre y me dan un caldito y batido de placenta. Estás conmigo, con los ojos abiertos y tu cabecita buscando mi pecho, te ayudo, lo encuentras y volvemos a estar unidas.

Esa noche no pude dormir, estaba demasiado emocionada y alucinada con lo que había hecho. Era taaan feliz que no había ni hay palabras para poder describirlo.

Ahora, nuestra casa, nuestra habitación, nuestra cama, nuestras sabanas, ya no son las mismas. Tienen otro olor, tienen un color diferente, un calor especial.

 

Quisiera dedicar éste relato, éste pedacito de mí a…

A ti, mi pequeña Martina, por sanarme y haberme regalado el momento más mágico y grande de mi vida

A mi preciosa Emma, por haberme mostrado cuál era el camino que tenía que seguir, sin ti tu hermana no hubiese nacido en casa, rodeada de tanto amor, paz, tranquilidad, respeto, calor y  felicidad.

A mi marido, el que tanto confió en mí, el que tanto me apoyó. Él, sólo él sabe lo que esto ha significado para mí, un sueño que empezó siendo mío y acabó siendo de los dos. Le estaré eternamente agradecida por creer en mí, por sentir y saber que podía hacerlo.

A mis padres, porque sencillamente siempre confiaron en mi elección.

Y… ¿cómo dos personas sin apenas conocerlas acaban teniendo un lugar tan importante en mi vida?! Éstas son Laia y Roser, mis comadronas.  Ellas han sido dulces, atentas, respetuosas, alegres, tranquilas,… Gracias por ello, por acompañarme y ver en mí una diosa poderosa que todo lo puede, por todo ello siempre tendrán un lugar especial en nuestro hogar.

Y a tantas mujeres y amigas que me dieron fuerza, a todas ellas gracias por recordarme que “podía”.

 

                                                                       Noelia Acedo González

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