Mi primer parto en casa

1 de Octubre de 2014
MI PRIMER PARTO EN CASA
Hace apenas una semana que realizamos con Sandra ese ritual tan bonito y emotivo que las comadronas de parto en casa llaman “la cerrada” . Ritual creado por comadronas mexicanas que consiste en
“abrazar” a la recién mamá con un fular en cada uno de sus chacras para cerrarlos de nuevo, pues quedan abiertos tras parir, y

se han de cerrar para evitar que entren malas energías. En este ritual están presentes las personas que estuvieron en todo el proceso de parto, y se CIERRA una etapa, se despiden.

No puedo recordar ese momento sin emocionarme, especialmente cuando Sandra nos dijo con lágrimas en los ojos: formáis parte de nuestras vidas. Y es que, en estos cinco meses que nos conocemos, realmente se ha creado un vínculo muy especial.

Todo empezó el 1 abril de este año. Quedé con el equipo NAC en que estaría con ellas un día entero pasando visita con varias parejas que querían tener su parto en casa. Recuerdo que tenía mucho entusiasmo pero a la vez nervios: tener el privilegio de que una pareja permita que una desconocida total pueda entrar en sus casas para presenciar el mejor y más mágico momento de sus vidas! Esto va a ser muy difícil… me dirán que NO muchas veces… Realmente parecía cosa del destino, pues la primera pareja que se visitó con nosotras fueron Sandra y Joan. Eran primerizos, ella estaba de 26 semanas, y venían a informarse sobre el parto en casa, aunque estaban bastante convencidos y lo tenían muy claro. En aquella primera visita ya me sentí como una más del equipo. Ellos me incluían en la conversación con sus miradas y sus sonrisas, desde el minuto cero hubo mucha complicidad y empatía, y cuando Roser les dijo que pensaran si querían que la alumna (yo) podría acompañarlos en el parto no lo dudaron: ¡¡ SI !! ¡¡¡claro que puedes venir !!! ¡¡Qué emoción !! Nos abrazaron a todas al despedirse, contentos y decididos de que tendrían a su pequeño Aren en casa, y desde entonces todas las sucesivas visitas que tuvimos fueron con bienvenidas y despedidas así: con abrazos sinceros, como si nos conociésemos de siempre. Me sentía la “comadrona-alumna” más afortunada del mundo! ¡¡¡Me había tocado la pareja más maja y enrollada de todas !!! (he de decir que no volví a sentir la misma conexión con ninguna otra pareja de las que visitamos aquel día…).

Tuvimos una visita más con ellos en NAC a la semana 31. Hablamos de sus preferencias y deseos en el parto, sobre las pruebas que “en teoría” se debían de hacer según los protocolos (el O’Sullivan salió un pelín alto y hubo conflicto con la simpática matrona del ASSIR al no querer realizar la curva de glucemia), escuchábamos el corazoncito del pequeño, y sobretodo nos íbamos conociendo un poco más los unos a los otros. La siguiente visita ya sería en su casa. Nos advirtieron que tenían 2 perritas y 3 gatas. Yo estaba encantada con la idea…¡¡ Uy con lo que me gustan a mí los animales…. !! ¡Cada vez me caen mejor estos chicos! Rockeros, vegetarianos (aunque yo no lo sea, soy fan de la comida vegetariana y cada vez como menos carne) y además… ¡amantes de los animales! ¡Si es que YO tenía que estar en este parto! Llegó el 12 de junio: primera visita en casa. Sandra ya estaba de 36+1 semanas. Nos recibieron Iratxe y Oldie con ladridos seguidos de Sandra y Joan. Roser, María y yo estuvimos más de dos horas en esa casita tan acogedora y llena de amor, sentadas alrededor de la mesa con la super merendola que nos preparó Joan (hummus, tostadas con membrillo y queso…todo delicioso), con las perritas sentadas en el sofá con nosotros, Lola ronroneando y pidiendo mimos de todas, y Mel y Tinta observándonos de lejos con… ¿indiferencia?

Hablamos sobre la parte de la casa donde les gustaría que transcurriese el parto, si querrían piscina, material que debían comprar, y como siempre tomamos la tensión a Sandra, hicimos tira de orina, medimos su tripita (ya daba la impresión de que Aren muy pequeño no iba a ser), miramos dorso y encajamiento y escuchamos su corazoncín. Las siguientes visitas en casa fueron similares: hacíamos los controles pertinentes a madre y bebé, hablábamos del gran momento, de la familia, del qué dirán, bromeábamos, nos íbamos conociendo más, y un vínculo muy especial se iba creando entre pareja-comadronas. Todo transcurría con tranquilidad… Llegó la fecha probable de parto… y todo seguía normal. Pasó una semana… semana y media… y Aren seguía tan a gustito en el vientre de su madre. A partir de la semana 41+3 propusimos una serie de acciones que podían desencadenar el parto antes, pero mientras todo estuviese bien, la pareja no quería interferir: que Aren decidiese cuándo iba a nacer. Y entonces, llegó la visita de la semana 42 y salieron muchos miedos. Tras proponerle a Sandra que preparase la bolsa por si debíamos ir al hospital el día del parto, nos dijo que no la había preparado porque no quería ni pensar en esa posibilidad. Y rompió a llorar. Pánico por acabar en cesárea, por ir a un hospital con gente desconocida y poco amiga, pánico por no ver cumplido su sueño de parir en casa. Yo tampoco podía pensar en esa posibilidad, me aterraba, y entonces cometí un error: en vez de dejarla expresar sus miedos, que saliese todo fuera, quise calmarla, quise que dejase de llorar. Sentía que si seguía llorando acabaría yo también llorando, porque sus miedos eran mis miedos.

Después de aquella visita, María y Roser me aconsejaron que eso no era lo debía hacer: debía de dejar expresar los sentimientos a Sandra, dejar llorar y que se desahogase. Y tenían toda la razón del mundo! Gran lección. Pensé en los golpes tan duros que he tenido en mi vida, cuando la gente me decía: “Pobrecita, no llores más, tranquila… ¿Tranquila? Quiero llorar y desahogarme! Porqué nada va a poder consolar mi dolor”. Aprendí más que nunca cuán importante es permitir que salgan los miedos. Escuchar, acompañar. La última visita pre-natal en la que estuvimos con ellos, Sandra ya había preparado la bolsa. Estaba más tranquila, más sonriente, y con ganas de conocer a Aren. Pasaba mucho tiempo con Joan, iban al cine, a la playa, disfrutaban de paseos con las perritas, desconectaban el teléfono (a mi me daban taquicardias cuando no decían nada por el grupo whatsapp en todo el día…), y parecía estar más feliz y relajada.

Era un viernes. Pasó el fin de semana sin novedad, y finalmente el lunes, 22 de julio, Joan nos confirmó (y corroboró con foto inclusive) que Sandra había roto bolsa. Aquella tarde hice la siesta por si acaso. Pero el parto no arrancó. Me pasé la noche entera soñando que me dormía y no escuchaba el móvil, y me perdía el parto. ¡Fatal! Falta de costumbre imagino… Me había pasado muchos meses esperando aquel momento, y mi temor era perdérmelo! Pero la noche pasó, la mañana pasó, Joan nos iba informando pero todo iba despacito… como decía él: a “Ritmo Caribeño”. Y sobre las 16.30h de la tarde al fin recibí LA LLAMADA: María me dijo que fuésemos yendo a la casa, que Sandra tenía contracciones regulares y dolorosas. Me planté en la casa sobre las 17,50h. Lo primero que me sorprendió fue que las perritas, que siempre nos recibían con ladridos, estaban calladísimas. Recuerdo perfectamente el olor tan agradable a las hierbas de las infusiones. El silencio. Sandra, caminando desnuda por la casa, aguantando las contracciones, dedicándome una gran sonrisa cuando aparecí. Y Joan, acompañando a su mujer y cubriéndola de mimos y besos todo el tiempo. La piscina estaba llenándose. María y Roser estaban en el pequeño sofá, presentes, silenciosas. Cuando el pez-termómetro indicó la temperatura adecuada, Sandra entró en la piscina. Nunca había presenciado una dilatación en el agua, y me pareció algo increíble. Ver cómo iba moviendo su cuerpo haciendo círculos con la pelvis, cambiando de posturas, relajándose entre contracción y contracción, dando muestras de amor infinito a Joan… Sólo podía pensar: esto es parir. ¡No debería de ser de otra manera!

Las horas se me pasaron volando aquella tarde, supongo que por la gran fascinación que sentía. Escuchábamos al pequeño cada 15 minutos aproximadamente, de vez en cuando abanicábamos a Sandra (era una calurosa tarde de verano), íbamos llenando la piscina con ollas de agua caliente para que no se enfriase, y por primera vez en mi vida observé la aparición de la línea púrpura (sí, con la peridural es difícil observarla…). Y así estuvimos, hasta aproximadamente las 21h de la noche, momento en el cual Sandra se agobió de estar en la piscina y decidió salirse un rato. Yo me preguntaba a cuántos centímetros de dilatación estaría, pues acostumbrada a saberlo siempre, (como en el hospital), se me hacía muy difícil la incertidumbre. “Suponíamos” que el momento debía de estar cerca, pues en la piscina hizo varios pujos espontáneos mientras llamaba a Aren con la contracción, la invitamos a que se autoexplorase la vagina para ver si notaba algo, y nos dijo que notaba “algo duro” a pocos centímetros. Empezaba a estar cansada, y lo poco que comía lo vomitaba… Pasó a la habitación con Joan, a estar un poco de pie y combinarlo con la pelota. Las comadronas cenamos la fideuá vegetariana tan rica que nos preparó el super chef Joan, y continuamos acompañando a Sandra en su parto, haciendo un “kamasutra” de posiciones varias: de pie haciendo círculos con la pelvis, en la pelota, con nosotras haciéndole masajitos con aceites de lavanda, aquella posición que nos enseñaron en el curso llamada “cabaret”… Con la llegada de la noche, encendimos unas cuantas velas aromáticas, y esa fue la única iluminación del salón y de la habitación .

Se respiraba un ambiente de amor y respeto indescriptibles “Así que…Esto debe de ser el ambiente oxitocínico del cual nos hablaba Inma en el curso…”. No podía evitar seguir comparando aquella experiencia tan íntima, con el contraste de lo que se vive en los hospitales: luces fluorescentes encendidas, ruidos, personas que entran y salen continuamente de la sala de partos, muchos tactos (¿Cuántos tactos llevaríamos ya si estuviésemos en un hospital?)….

Cerca de las doce de la noche, Sandra decidió volver al agua pero se agobió enseguida. El dolor de las contracciones cada vez era más insoportable, y estaba ya muy cansada. Sobre la 1h de la noche, pidió que le hiciésemos un tacto vaginal: estaba a 6cm. Aún quedaba un largo camino, y como las contracciones se espaciaron un poco, Sandra pudo descansar algo entre contracción y contracción junto a Joan, que no hubo ni un segundo que se separase de ella, dándole toda su fuerza y cariño (y masajes con aceites y con el saco de semillas…). Roser y yo nos quedamos en el salón haciendo guardia, junto con las gatitas, que pululaban por allí curiosas pero tranquilas (menos Tinta, que casi se pega un baño en la piscina..jeje), y comentando un poco la situación, y hablando también de nuestras cosillas. A las 3.30h Sandra quiso volver a la piscina. Ahora estábamos María y yo, y Roser se fue a descansar. Íbamos calentando ollas para mantener el agua de la piscina calentita, y la futura madre iba lidiando con el dolor con gran fortaleza, con una música suave de fondo. Sobre las 5h de la madrugada empezaba a estar muy cansada, nos decía “me duele todo”, y decidió salir de la piscina. Pasamos a la habitación, donde probamos de nuevo la posición de “cabaret”, y después a la silla de partos. Intentábamos aliviar el dolor de Sandra con masajes y palabras de aliento. Cuando a las 6,30h resultó que el tacto vaginal era de 7cm, las que también empezábamos a necesitar unas palabras de aliento éramos las comadronas. Yo empecé a sentir miedo. Miedo de que aquello no avanzase, miedo a que los temores de Sandra de acabar en el hospital se hiciesen realidad. ¡¡No podía ser !! ¿Algo iba mal? Las contracciones empezaron de nuevo a espaciarse, así que dieron un poco de tregua a nuestra increíble mujer.

Nos fuimos a desayunar. Y les confesé a mis experimentadas comadronas mis miedos. Recuerdo aquel desayuno con mucho cariño. Estábamos las tres faltas de sueño y cansadísimas, pero a la vez teníamos suficiente energía para acompañar hasta el final (hasta el parto) a Sandra. Ellas me contaban que ya habían tenido otras experiencias similares, partos muy largos que sucedían por bloqueos de la madre, por una bebé grande…etc etc. Me tranquilizó. También nos fuimos del tema en algún momento, y cayeron varias lágrimas de nostalgia. No llevaba ni 24 horas con María y Roser y parecía que nos conociésemos prácticamente de toda la vida… Estábamos compartiendo juntas momentos muy especiales, un nacimiento estaba en camino, y éramos las tres privilegiadas que estábamos allí, mano a mano, acompañando además a una pareja maravillosa. Muchas horas juntas… y las que nos quedaban. Fruto de aquel largo parto surgió una gran complicidad con ellas, y no podía dejar de sentirme inmensamente afortunada. E imaginaba cuán afortunadas debían de sentirse ellas de tenerse las unas a las otras como compañeras, pues si yo en un sólo parto estaba viviendo esa complicidad, ellas que habrían compartido tantos momentos mágicos, tantos partos juntas, debían de sentir un vínculo… que ni en 100 años trabajando en un hospital podría tenerse con otra compañera.

Volvimos del desayuno. Sandra estaba muy cansada, intentaba descansar en la cama, cambiando de posición. Joan iba masajeando lumbares sin descanso. Decidimos desmontar la piscina, y Sandra fue al baño a pegarse una buena ducha. Cada vez estaba más dolorida. Las compañeras de NAC sugirieron que Sergi, el osteópata del equipo, fuese a echar una mano. Yo sobre las 11h de la mañana me fui a dormir un ratito, pues estaba sin energías. Unas tres horas después me levanté, y supe que Sandra había ido teniendo contracciones irregulares, pero que con la llegada de Sergi y sus masajes y puntos de presión con sus manos, la dinámica volvió a aumentar y a ser regular cada 2-3 minutos. Sandra pujaba con energía. Sobre las dos de la tarde, la dilatación era de 8 centímetros. Aún quedaba camino, pero a Sandra se la veía más enérgica, muy animada y con ganas de seguir. La sesión de Sergi le fue maravillosamente, “Me ha quitado horas de parto de encima”, nos decía. Y verla así de animada también nos animó a nosotras muchísimo. Sergi me enseñó algunos puntos clave para aliviar el dolor de Sandra, y sobre las 16h cuando hubo de marcharse, yo le hice el relevo. Entre Joan y yo íbamos ayudándola a pasar las contracciones de la mejor manera posible, con los masajes, el calor, la pelota… Y pasó la tarde así, entre cambios de posición, masajes, palabras de aliento de las demás mujeres de NAC, que le daban a Sandra muchos ánimos desde el grupo de madres del Whatsapp “Eres una mujer muy fuerte, un leona, tú puedes”… Y Aren seguía estupendamente bien, su latido iba perfecto y se movía mucho. Pero el momento del nacimiento aún no llegaba. A mí el subidón de alegría y esperanza me duró hasta las 20h de la tarde, momento en que Roser me dijo: vete a casa, te duchas y te despejas. Llevábamos en aquella casa más de 24 horas encerrados, y Aren parecía que no quería salir. Le hice caso y me fui.

Hice todo el trayecto en coche hasta mi casa llorando sin consuelo. Estaba frustrada. No podía contemplar ni un segundo la posibilidad de acabar en el hospital, después de toda aquella maratón que estábamos haciendo todos, en especial Sandra, que debía de estar exhausta. Ella y Joan merecían el parto de sus sueños… Pero era inevitable pensar que algo pasaba, pues yo al menos jamás había visto una dilatación tan larga. Sin dejar mis preocupaciones de lado, llegué a casa, me duché, cené y me despejé. Mi pareja me dio ánimos y un abrazo lleno de energía positiva, y volví al cabo de unas tres horas a casa de los futuros padres, más animada (aunque algo histérica por haber pillado a las doce de la noche delante de mi coche al camión de la basura en aquellas cuestas del Carmelo…que atrasaron mi llegada media hora). Durante mi ausencia, supe que Sergi había vuelto, y seguía ayudando con sus profesionales manos de osteópata a Sandra, y ahora estaba más relajada. Notaba a Aren más abajo, y se la veía de nuevo muy animada. Era ya más de media noche. Sobre las 2h de la madrugada, nuevo tacto vaginal. Estaba a 9 centímetros, la cabecita muy abajo en un segundo plano (tercero con la contracción), pero quedaba algo de cuello. Íbamos dando a Sandra “Aquarius” fresquito, era ya lo único que le entraba en el cuerpo, y aún así vomitaba casi todo, del agotamiento que llevaba. Volvieron a espaciarse las contracciones, y todos los del equipo intentábamos descansar un poco entre contracción y contracción. Recuerdo a Joan luchando contra sus párpados, que se le caían cuando cesaba el dolor de su mujer. Él también estaba sin fuerzas. Oldie permanecía silenciosa debajo de la cama donde Sandra intentaba descansar, asegurándose que su ama-amiga estaba bien. Casi a las 6h de la madrugada, nos pidió que la ayudásemos a retirar el cuello que faltaba para llegar a dilatación completa, pero el tacto era muy doloroso y no lo podía soportar. Estaba agotada. Volvimos a intentar descansar todos. Yo me intenté acurrucar un poco en el sofá del salón con Tinta a mi lado en la almohada.

Pero al poco rato, pude oír como Roser planteaba la situación a los futuros padres: había que trasladarse al hospital. Fuimos recogiendo todo, en silencio. Sandra se fue a la ducha. Se me partía el corazón. La última imagen que recuerdo de aquellos dos días intensos de parto, es la cara de resignación y agotamiento de Sandra, subiéndose al coche. Mi primera experiencia de parto en casa había acabado. Volví a mi casa, de nuevo llorando. Estaba cansada, indignada con la naturaleza, y muy, muy triste por Sandra y Joan. Y (egoístamente) por mí… Había esperado e idealizado tanto el momento del parto, que jamás contemplé la posibilidad de que acabase en traslado. Pero así fue. Poco más de las 16h de la tarde, Joan nos anunciaba la llegada de Aren. Nació por cesárea sobre las dos de la tarde un bebé precioso de nada más y nada menos que 4,810 kg ! A pesar de que la experiencia no fue la más agradable para ellos, los tres estaban perfectamente bien, y eso era, al fin y al cabo, lo más importante de todo. Días más tarde, tuve el honor de conocer al pequeño Aren.

Allí estaba, en el mismo sofá donde nos habíamos sentados tantas veces en las visitas de pre-parto, esa preciosa nueva familia. Sandra estaba serena, feliz e inmensamente agradecida por todo. El pequeño tomaba el pecho tranquilo. Fue muy emocionante verlos así de bien y de felices. Pensé que, tras un parto tan duro que acabó de forma no deseada, Sandra estaría decepcionada, desilusionada, triste por no haber tenido el parto de sus sueños. Pero la alegría de tener a Aren ya en casa superaba todo lo negativo. Visitas post-parto después, comprendí que Sandra había aceptado con mucha sabiduría que su parto tuvo que ser así, sin más. Había aceptado que todo no sale siempre como uno desea, y que hay que afrontar las adversidades, superarlas, y hacerse más fuerte. Me llevo conmigo una experiencia increíble, que me ha aportado muchísimo como profesional y como persona. No tengo palabras para explicar la labor tan increíble que hacen las comadronas de parto en casa. Simplemente es incomparable. La dedicación, la disposición, el cariño y la confianza que profanan a las parejas que deciden que ellas los acompañen en el maravilloso viaje hacia la maternidad, no tienen precio. Son admirables. Me siento muy agradecida por todo lo que me han enseñado y me siguen enseñando. Y, cómo no, me siento muy agradecida de que la primera pareja a la que acompañé en un parto en casa fuesen Sandra y Joan, pues nos dieron a todas una lección de fortaleza y sobretodo de mucho amor. Agradecida porque, sin conocerme, me permitieron estar en uno de los momentos más importantes de sus vidas, y además me llevo el haber tenido el placer de haber conocido a personas extraordinarias.

GRACIAS DE CORAZÓN.

Bárbara Navarro Márquez, Comadrona Alumna del curso PARTO EN CASA

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