Mi niña Martina

Han pasado 6 increíbles meses y nos has enseñado mil cosas desde que llegaste y tantas que nos quedan por aprender. Así que hoy me he decido a compartir nuestra historia.

Te deseamos y floreciste. Te sentí desde el primer minuto, algo instintivo me decía que habitabas en mí. Así lo confirmó el Dr. Serra un 9 de Julio, supimos que nos cambiaría la vida, pero no imaginamos de qué manera.

Análisis y visitas formaron parte del recorrido… espero no haberte hecho pasar a ti, mi niña, el miedo y los nervios que sentía.

Las ecografías fueron durante los primeros meses nuestro punto de encuentro, tu siempre tan vergonzosa te tapabas la carita con las manos y ni siquiera en la eco4D pudimos ver cómo serías. Verte crecer, desarrollarte y formarte nos tenía ilusionados. A mitad del embarazo empezaste a hacerte notar, que sensación tan placentera para mami. Y al poco tiempo tus movimientos traspasaban al exterior así papá también podía notarte, inquieta, ibas de aquí para allá por mi vientre, nos tenías alucinados y pasábamos las horas hablándote y dándote calorcito con nuestras manos para ver si respondías a nuestros estímulos.

Mamá, primeriza y con un mar de dudas sobre cómo sería el momento, que por mucho que leyera artículos y revistas no me acercaban ni por asomo a las sensaciones del parto, era cuestión de vivirlo.

Ese momento debíamos disfrutarlo, marcaría un antes y un después en nuestras vidas, quería que nuestro encuentro fuera el más especial. Mi empeño por tener el parto que soñaba crecía y cuanto más intentaba imaginarme la situación y el momento más claro tenía que ni mi lugar, ni tu lugar, eran paredes de hospital y personas de bata blanca decidiendo por mi sin consultarme.

Confiada en mis posibilidades, plantee a papi la posibilidad de no ir al hospital, de que nacieras en casa y, tras el razonamiento de todos mis motivos y unos días de reflexión accedió a apoyarnos.

Juntos emprendimos un camino anexo a las visitas en clínicas, contactamos con Néixer a Casa, que subidón al salir el primer de día de la consulta, volví a casa con las pilas cargadas de fuerzas para saber que era capaz de afrontar el parto sin intermediarios. Durante esos meses conocimos mejor a Luci, Laia y Roser, resolvían nuestras dudas en consulta y comprobaban que todo seguía su curso con normalidad.

Se acercaba el momento, es más… en cualquier momento podía ser, impacientes ultimábamos preparativos y poníamos todo en orden.

Es justo en este punto del relato donde me gustaría conseguir que tu mi niña, ya no tan niña, te adentraras en el mundo parto en el que nos adentramos juntas un buen día. Pasé la noche inquieta y desperté rara, mi cuerpo mi mente y tú, os habíais puesto de acuerdo, había llegado el gran día, querías nacer ya, yo lo tenía claro. Seguías tímida como siempre y, ni a media mañana en las correas distes señales aparentes, ni al medio día con Laia mostraste tus ganas. Yo te entendía, podías estar tranquila, papá no iría a trabajar y cuidaría de nosotras. Casi no pude comer, y en el intento se quedó la siesta, paseamos un ratito cerca de casa, me tenías inquieta, cada vez estabas más animada y notarte me hacía sentir plena y rebosante de fuerza. En los ratos de parón, el miedo se apoderaba de mí, dudas y más dudas que pronto resolvería; como sería el momento, si dolería mucho, si todo saldría bien, como serías tú… estábamos a un paso de que cambiaran nuestras vidas y tu llevabas las riendas. Papá de la mano, sin separarse ni un segundo, sin saber bien que decir ni que hacer pero con una palabra alentadora y un gesto cariñoso siempre. Preparó un espumoso baño de agua calentita para aliviar los dolores y se sumergió con nosotras. Se acercaba la noche, llamó a Laia y confirmó que estaba de parto, tú y yo ya lo sabíamos, así que se pusieron en camino. Me abrazaba a papá, que me daba fuerzas y me susurraba al oído palabras bonitas, aunque yo ya no atendía a lo que me decía, pero me bastaba tenerlo ahí.

Las contracciones cada vez eran más fuertes y más largas, me dolía todo el cuerpo y no sabía cómo ponerme ni que hacer. Necesitaba algo, una inyección de adrenalina, que me dijera que todo avanzaba, así que pedí a Laia, que ya había llegado con Roser a casa, que me hiciera un tacto, estaba de 6cm, así que tú estabas muy muy muy cerquita. A partir de aquí todo fue mucho más rápido y doloroso, claro.

Me agarraba al cuello de papá y Laia me masajeaba las lumbares. Recuerdo que en los momentos de parón pensaba que ya no volvería a imaginarme como seria ese momento porque ya lo estaba viviendo, parecía mentira que estuviéramos ya liadas, si ayer estábamos tan bien.

Volvieron a llenar la bañera, me metí, y fue como si sobrevolara las nubes, escuchaba lejano y del trascurso de cómo fueron las cosas tenia lagunas que papá me ha ayudado a reconstruir. Supongo que tú, mi bebe, me llevaste a un mundo lejano para saciar el dolor y que te dejara fluir por mi cuerpo para hacerte más llevadero el recorrido.

En el baño azul y cálido, dos comadronas, Hook, Lola y papá, tú y yo las protagonistas del momento, largas e intensas contracciones y un silencio reconfortante se entrelazaban con susurros alentadores de papá. El dolor estaba en el escalafón más alto, no conseguiría transmitírtelo por más adjetivos que pusiera, ahí que padecerlo. Las ganas inmensas de empujar las tenía, lo hacía, yo creía que no bajabas, Laia decía que sí y yo me desesperaba.  Luego entendí que en realidad sí que lo hacías, lo de bajar, pero despacito para no hacerme daño, para que no tuvieran que darme ningún punto. En uno de los empujones toque tu cabecita y resurgí, me bastaron dos empujones más y tres gritos mamíferos totales. Contracción, empujón con todas mis fuerzas, un ardor inmenso y tu cabecita pelona bajo el agua.   Un parón para reponer fuerzas bajo la atenta mirada de todos y papá con las manos en el agua preparado para sostenerte al salir. Y con la última contracción a las 00:40 empujé y ahí estabas bajo el agua, papá emocionado te cogió corriendo y te puso sobre mi pecho. El mejor y más esperado encuentro de mi vida, te cogí, te abrace, te toque y te susurre mi niña tan pequeña, tan tierna y tan frágil desprendiendo paz. Aunque te duro poco, al parecer no pudiste cenar y hasta que mamá no te dio la teta no te calmaste. Los  sentimientos no me cabían en el corazón, no conseguí conciliar el sueño esa noche, estaba emocionada de tenerte acostada encima de mí, me parecía mentira no tenerte dentro, y sin poder parar de mirarte, conocimos la perfección en persona tus labios, tu nariz, tus manos y tus dedos, tus pies…

Al día siguiente seguíamos alucinados recordando cada detalle de la noche y anonadados mirándote. Y con tan solo dos días nos regalaste la mejor sonrisa del mundo, y hasta hoy, tan risueña y simpática a la que se le escapa la sonrisa con tan solo escucharnos, a mamá y papá.

Ya ves, antes de quedarme embarazada ya decidí como quería vivirlo y así logre hacerlo. Me entregue durante el embarazo y conseguí entregarme durante el parto. Gracias a Papá por tanto amor y por el apoyo y cuidado incondicional durante el embarazo y el parto, por depositar en mí y en mis posibilidades plena confianza, sin su ayuda no lo hubiera conseguido. A las imprescindibles Luci, Laia y Roser, por todo el respeto, cariño, la paz y tranquilidad que nos supisteis dar, por guiarnos y aconsejarnos con tanta sabiduría durante el embarazo y en el postparto. Laia y Roser que me animaron durante el parto todas y cada una de las veces que repetí que no podía y celebraron conmigo tu alumbramiento. Y por último a la yaya Cati, mi madre, por apoyar mis decisiones, y estar en el punto justo donde te necesitábamos, cuidando de mí y nuestra recién formada familia con tanto esmero y tantísimo respeto, comprendiendo los tiempos y entendiendo los espacios como nadie.

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