El parto de Lola (Maria y Lola)

El parto de Lola. Octubre de 2012

Estoy en la semana 38+4 de mi tercer embarazo. Peso unas ochocientas toneladas y tengo los pies tamaño Shrek, pero me encuentro estupendamente y hace cuatro días escasos mi ginecóloga comentó que estaba verde como una manzana así que no me he molestado en preparar absolutamente nada para cuando llegue la pequeña Lola.

0:30. Estoy agotada. Hemos pasado la mañana en el zoo (debo tener el récord de asistencia al dichoso espectáculo de los delfines), comido con mis suegros y organizado cena en casa con unos amigos. Me meto en la cama. ¡Dormir, al fin!

…O no. Porque apenas han pasado cinco minutos cuando noto un pequeño chasquido en el interior de mi tripa y un montón de líquido caliente se me escurre entre las piernas, empapando la cama.

He roto aguas. ¡¡¡He roto AGUAAAAAAS!!! Y bien rotas, doy fe. De hecho, siento como si se hubieran abierto las inclusas de la Presa de las Tres Gargantas y todo el Yangtsé fluyera muslos abajo.

¡Ay, Dios! Esto de las aguas rotas es la única posibilidad de empezar el parto que no contemplaba… Y me siento como una primeriza, temblorosa e insegura. ¿Qué narices hago ahora? (además de lo obvio, cambiarme de pantalones).

0:40. Estoy bastante ofuscada, así que decido escribir un par de mensajes, a mis comadronas y a mi doctora, rezando mentalmente para que alguna de ellas haya trasnochado y esté despierta. Por si acaso, empiezo a buscar a oscuras (para no despertar a las mayores) mi manido ejemplar de “Qué se puede esperar cuando se está esperando”… Seguro que algo dice allí sobre roturas diversas…

No consigo encontrar el libro, pero Raquel responde enseguida con instrucciones sencillas y tranquilizadoras: si las aguas son claras –lo son– y la niña se mueve –lo hace–, a descansar y a esperar a ponerme de parto.

1:00. Intento dormir, pero estoy nerviosa y no puedo conciliar el sueño. No dejo de pensar en el montón de cosas que tengo que hacer antes de que nazca Lola: organizar su ropa y mi bolsa para la clínica, recoger la cocina, organizar las cenas de las niñas y la compra de la semana y pintarme las uñas de los pies. Decido priorizar y ponerme a hacer lo más urgente e importante: esmaltarme las uñas (me preocupa que la visión de mis uñas sin arreglar pueda distraerme y me haga empujar “mal”). Me escabullo al baño.

1:10. De vuelta a la cama. Me había levantado con todo el sigilo posible, pero mi marido me ha pescado, lima en mano, y el sentido común se ha impuesto: tengo que intentar dormir y hacer acopio de fuerzas para el parto…

1:20. No puedo dormir.

1:45. No puedo d…

5:45. Me despierta una contracción. Es suave y llevadera, pero es una contracción… ¡Bieeeen! Entonces, caigo en la cuenta de que me dormí sin haber preparado absolutamente nada y me levanto –esta vez sin sigilo- y empiezo a hacer acopio de mudas de bebé y camisones a granel. Busco frenéticamente los papeles del embarazo, el cargador de la cámara…

6:45. Ropa lista y cocina recogida (es mi particular versión del “si tienes un accidente que te pille con la ropa interior nueva” de mi abuela). Las contracciones vienen y van, muuuuy suaves y espaciadas. Me siento en el sofá, a esperar…

7:15. … Pero no pasa naaaaada (normal, ¿y qué esperaba que fuera a pasar?). Todos duermen. Envío mensajes a mis “ALBAS” y preparo un bizcocho, para relajarme. Me pinto las uñas de los pies (¡por fin!).

7:30. Se despiertan las niñas –y el padre de las criaturas-. Las vestimos entre los dos y las lleva al cole. Me pongo un pelín sentimental con ellas (vamos, que me da por llorar a moco tendido). Mi marido decide quedarse en casa, en lugar de ir a trabajar.

9:30. Todo sigue igual. Cuatro contracciones escasas por hora (contracción arriba, contracción abajo) y poco más. Llegan Roser y Lucía a casa (en realidad, teníamos programada esta visita con un par de semanas de antelación. Está previsto que sean ellas quienes me acompañen durante la dilatación y el parto).

9:45. Tengo la sensación de ser un bonobo albino en serio peligro de extinción, con tres personas (mi marido y las dos comadronas) observándome discretamente. Me siento tentada de empezar a despiojarles, pero creo que, en lugar de verle la gracia a la broma, pondrían en duda mis facultades mentales. Me contengo.

10:00. Me incomoda que Lucía y Roser estén perdiendo el tiempo conmigo, así que me pongo pesada y les insisto para que se vayan y no pierdan la mañana sin hacer nada en mi casa. Sigo con pocas contracciones y, en cualquier caso, quedamos que Roser volverá a las 12:00 a administrarme la primera dosis de antibiótico para no tener problemas con el protocolo de la clínica (por llevar 12 horas con la bolsa rota).

12:00. Mi marido va a recoger a nuestra hija pequeña pequeña al cole y aprovechan para hacer juntos algunos recados. Entre tanto, regresa Roser y, a ritmo de bachata, me tumba en el sofá y me coloca la vía (pobrecita, le duele más a ella que a mí). Percha en mano, esperamos a que pase el antibiótico y me sujeta el tubo con una tirita gigante de Hello Kitty.

12:15. Tengo alguna contracción más pero lo que realmente me está molestando es la selección musical que yo misma hice para amenizar el parto. Apago la música y Roser y una servidora respiramos aliviadas. Estábamos de las burbujas de amor y las peticiones de mano hasta los mismísimos (ovarios)…

14:30. He empezado a tener más contracciones –menos llevaderas, más seguidas- pero yo estoy muy desanimada. Le he pedido a Roser que me tacte y estoy borrando el cuello con un centímetro y medio escaso de dilatación. La sombra de la duda planea sobre mi atribulada neurona y empiezo a escuchar una vocecita maligna que me dice que quizás no me ponga nunca –jamás de los jamases– de parto…

Pese a todo, Roser consigue animarme (me asegura que “antes de que acabe el día habrás parido a tu Lola” y yo me lo repito mentalmente sin descanso, estilo mantra tibetano). Me preparan un arroz a la cubana en condiciones del que damos cuenta en familia porque Roser insiste en que comamos solos y nos despejemos un rato.

16:00. La cosa empieza a ponerse seria. Roser ha vuelto y yo he decidido encerrarme en la habitación porque el salón de casa parece el metro de Tokio en hora punta (también ha hecho acto de presencia mi madre). Entre contracciones –que ya no son llevaderas– me entra el sueño y consigo dormir un rato, acurrucada al lado de mi marido (cuya cara es todo un poema…). Roser lee un manual de parteras fantástico del siglo XVII sentada a los pies de la cama.

Al rato. Mi madre entra a decirme que va a ir a recoger a la mayor al colegio y, de paso, me sugiere ir al hospital para que me pongan la epidural (y salven la vida de su hija unigénita que, a juzgar por su expresión, parece que vaya a perder en breve).

Al rato. Llega Inma (¡qué grata sorpresa!). Roser y ella se toman un café –o similar– en la cocina mientras yo sigo acurrucada en la cama. Me sorprende lo bien que se desenvuelven las comadronas por casa. Estas mujeres tienen más tablas que el Teatro Real…

Me pasan la segunda dosis de antibiótico. Necesitamos algo alto para colgar el gotero… Inma me pregunta si tenemos un flexo. ¿Un flexo? Me viene una contracción. Un fleeeeeeexoooooo… ¿Qué es un flexoooooooooooooooooo? La contracción pasa. Y puedo volver a pensar. Una lámpara. No, no tenemos flexo.

Al final, mi marido sujeta el trastico de marras y su cara, como la de mi madre, también es un poema. Empieza a fastidiarme esta tendencia familiar de pensar que me estoy muriendo en lugar de estar poniéndome de parto…

Al rato. Pido a Roser e Inma que me tacten. Y el resultado me vuelve a decepcionar: cuatro centímetros. ¡CUATRO! ¡SÓLO CUATRO! ¡¡¡¡PERO ME DUELE MUUUUCHO!!!!! ¡¡¡¡¿¿¿¿CÓMO ES POSIBLE QUE SÓLO HAYA DILATADO CUATRO ASQUEROSOS CENTÍMETROS SI ME DUELE TOOOOOODO???????!!!!!

Decido deprimirme un poco y autocompadecerme un rato. Y empiezo a llorar desconsolada y me entra el pánico a no dilatar más y que tengan que hacerme una –otra– cesárea. Y tengo frío. Mucho frío… Roser e Inma me consuelan, me traen una manta polar y un radiador eléctrico y yo empiezo a entrar en calor y en razón…

…Y me siento un poco avergonzada por haberles montado el numerito… Aunque ellas le quiten hierro al asunto…

…Y un poco culpable porque sé que aunque aseguren estar perfectamente se están achicharrando, asando vivas, encerradas conmigo en un cuarto a 29ºC con la calefacción a tope…

Al rato. Mi madre entra en la habitación para preguntarme si me va bien que se vaya al dentista (tenía la cita programada con antelación).Me parece una idea estupenda, está sufriendo y creo que lo mejor es que se airee un rato.

Al rato. Roser localiza una sábana y empieza a anudarla para confeccionar una especie de rebozo casero para partos que cuelga animosamente de una puerta, “por si te apetece probar a estirar mientras te dan las contracciones”. No pienso colgarme de ahí, que una tira más para morsa que para trapecista del Circo del Sol… Pero, una vez más, me maravilla lo apañaícas que son estas comadronas…

Entre las seis y las ocho (I). Las contracciones duelen cada vez más. Hace rato que he dejado de pensar en mantener el tipo y grito como una posesa (eso sí, antes de gritar le pido a Inma que compruebe que en el salón, donde están mis hijas, no se oye nada…). Gritar es liberador y me ayuda a sobrellevar el dolor (en algún momento se me ocurre que deberían quemar viva a toda mujer que afirme haber tenido un parto orgásmico… A ver si la hoguera también se lo parece…).

Entre las seis y las ocho (II). Me duelen hasta las pestañas. Y yo NO SOPORTO EL DOLOOOOOR… Inma se coloca a mi espalda, después de armar un lío de cojines sobre el que me tumba panza abajo, y me masajea firmemente las lumbares (o eso creo) en cada contracción. Qué alivio… En cualquier caso, la montaña de cojines es muy efectiva: como tengo la sensación de caerme de la cama en cualquier momento, el miedo a abrirme la cabeza me distrae de las dichosas contracciones.

Entre las seis y las ocho (III). Los masajes de Inma son un gustazo… Pero ella está detrás de mí y yo no llevo ropa interior… En un rapto de pudor le digo que mejor se coloque delante, pero ella me responde que detrás puede ayudarme a sobrellevar las contracciones… Tiene razón (claro) y accedo, pero le digo que “no me mire los bajos” cuando me hable… Y ella me tranquiliza asegurándome que “se limitará a mirar los libros de la estantería”… Sin comentarios.

Entre las seis y las ocho (IV). Llega mi madre del dentista… Con dos incisivos menos. Parece Doña Rogelia… No me lo puedo creer… ¡Ha elegido el día de mi parto para sacarse dos dientes! Ha pensado que, “como va a estar sin trabajar dos semanas, mejor estar ahora sin dientes que una vez reincorporada”… ¡¡¡La matooooo!!!

Entre las seis y las ocho (V): Inma me sugiere “sentarme en el w.c.”. Qué poético…Y allí que vamos. Ahora tengo calor, empiezo a estar achicharrada… Inma me abanica pero me entra frío en los bajos y le digo algo así como “deja de abanicarme, que vas a resfriarme el chirri”. Pura poesía. Ni Gustavo Adolfo Bécquer, vamos.

Entre las seis y las ocho (VI): De vuelta a mi adorada cama. No puedo más. Sé que la niña está bien porque cada poco rato Inma o Roser comprueban su frecuencia cardíaca (“Lola está contenta”, me dicen), pero yo he llegado al límite. Quiero irme a la clínica YA. Y que me pongan la epidural. Punto pelota.

Estoy tan decidida que les a Rose e Inma que “nos vamos, que me chuten y que esto se acabe”. No aguanto una contracción más. No puedo soportarlo. NO PUEEEEEDOOOOOOO”.

Estoy lloriqueando y me encuentro fatal. Pero ellas ni se inmutan. Y en lugar de empezar a recoger los trastos y poner rumbo al hospital y a la epidural anhelada me meten en la ducha. “Una duchita caliente es lo que necesitaaaaas” canturrea Inma. Y Roser asiente calmada y lo ratifica “sí, sí, venga a la duchaaaaaa”.

Las veo tan resueltas que no puedo negarme…

En la ducha, sobre las siete y mucho de la tarde. El agua caliente me alivia. Pero entra mi marido en el baño y empieza a susurrar “Shhhhh” mientras grito (por las contracciones). Y me saca de quicio. Y empiezo a gritarle a él: “No me hagas shhhh, shhhh… Que NO ESTOY HISTÉRICA Y NO NECESITO CALMAAAARMEEEE, SÓLO ES QUE ME DUEEEEELEEEE PORQUE VOOOOY A PAAAARIIIIR”. Caigo en la cuenta de que esto es, precisamente, lo que una loca histérica gritaría, pero yo me quedo muuuuy relajada después de haber podido desahogarme.

Empiezo a notar presión y se lo comento a Roser y a Inma. Esta última me pregunta que dónde la noto, exactamente (¿delante, en el centro, detrás?) y, la verdad, es que no tengo ni idea. Sólo noto presión, creo que delante…

… Pero en unas pocas contracciones la empiezo a notar detrás…

Y en apenas dos minutos –después de decidir que seguimos con el plan preestablecido– tengo unos pantalones puestos y estamos saliendo de casa. Sin ropa interior y, lo que es peor, descalza. Bueno, no exactamente descalza… Con unos calcetines color azul eléctrico y decorados con unos simpáticos monstruos de fantasía.

Sobre las 20:00. Me despido de las niñas, intentado aparentar normalidad. Mi hija mayor se emociona al saber que voy a parir a Lola y la pequeña me da un besito algo desconcertada.

Al salir del ascensor tengo una contracción bestial, y un vecino asiste atónito al espectáculo de verme dando alaridos durante un largo minuto, mientras mi marido me sujeta e Inma bloquea la puerta del aparato. Si no muero de dolor de parto, moriré de vergüenza… Aunque, a estas alturas…

Subimos al coche (¿cómo?)y agarrada al reposacabezas del asiento trasero empiezo a tener ganas de empujar. El padre de las criaturas está al borde del infarto y conduce a 200 por hora, aunque la clínica está a cuatro calles escasas de casa.

20:00. Llegamos al hospital estilo Monty Pyton: aparcamos el coche en la mismísima entrada de ambulancias, después de que yo amenace con el divorcio si se le ocurre intentar bajar hasta el parking. Me sujetan entre él y Roser mientras yo –recordemos que voy descalza– camino a trompicones gritando con cada contracción.

Al segundo nos recibe una enfermera, todavía vestida de calle, que pregunta “¿Vienes de parto” Qué muchacha tan sagaz…

20:05. Milagrosamente, hemos conseguido llegar a la puerta de los paritorios (y no al ala de psiquiatría, que era donde empezaba a sospechar que nos iban a ubicar). Allí nos encontramos a mi ginecóloga, impecablemente vestida y con un par de bolsas de El Corte Inglés, junto a un segundo médico que, por lo visto, conoce a Roser. Atino a entender que hay overbooking y que la propia Roser asistirá mi parto (¡¡¡bieeeen!!!!), pero no acceden a que también esté Inma con ella.

20:10. Me llevan a una sala de partos, sola (el trio la-la-lá se está cambiando la ropa) y una auxiliar me pregunta si voy a querer la epidural.

La epidural…

Yo estoy sola.

Sooolaaa…

Estoy taaaan soooolaaaaa…

Y me dueleeee…

Me duele mucho… Me dueleeee lo indeeeeciiible.

Y la epidural me iría taaaan bieeen…

Sííííí…

La quieroooo…

La quieroooo yaaaa…

La voy a peeedir…

Pero digo que no. Que NO: “No, gracias, no la quiero”.

¿Por qué? ¿Pooor quééééé? La única neurona funcional que tengo debe de estar de vacaciones. He perdido definitivamente el juicio…

…Y me lo vuelve a preguntar (tócate las narices)…

…Y vuelvo a decir que NOOOO. ¡Toma ya! Soy definitivamente… Idiota-temeraria-inconsciente-radical-no, no…Mejor, radikal-necia-loca-jipi-y-un-montón-de-cosas-más.

A estas alturas de la película la auxiliar se ha dado cuenta de que su interlocutora –o sea: yo– es una auténtica perturbada, así que empieza a montar con parsimonia las perneras de la camilla mientras me dice, muuuuy suavemente: “venga, ve subiendo, mami”.

Y yo, que no soporto que me llame “mami” nadie que no sea hija mía y que ponerme patas arriba me apetece lo mismo que hacerme una apendicectomía a bocados, le digo que de subirme ahí nasti de plasti. Que no pienso encaramarme a la camilla.

Y ella, que sigue suave y melosa –no olvidemos que está tratando con una loca–, me replica que me tengo que subir “porque la doctora está embarazadita y no se puede arrastrar por el suelecito para recoger a tu bebito”.

Y yo, que estoy empezando a hartarme, le digo que “yooooOOOO aaaHÍÍÍÍ NO SUUUUBO” y que “el BEBÉÉÉÉ YA LO COGERÁÁÁÁÁ  del sueeEEELOOOO MIIII COMADROOOONAAAA”. Y me quedo tan pancha. Bueno, tan pancha no, que vuelvo a tener ganas de empujar…

20:15. Y empujo con tooodas mis fuerzas, mientras a mi alrededor de pronto se despliega un enjambre de actividad: cubren el suelo con paños blancos, traen una silla de partos, aparecen mi marido, Roser y la ginecóloga disfrazados de neurocirujanos, se materializa a mi lado una pequeña banqueta donde sientan a mi ginecóloga gestante, apagan las luces del quirófano, me quitan el camisón y me encasquetan una bata de papel añil, de esas que dejan el culo al aire…

Y vuelvo a empujar. Y descanso. Una vez. Y vuelvo a descansar. Y otra. Y otra. Y otra más…

El tiempo se detiene.

Y yo sigo empujando, a ratos de pie, a estar sentada en la silla de partos, con mi marido dándome las manos o haciéndome de respaldo.

Mi ginecóloga y Roser apenas se mueven y me dan ánimos (Jorge también pero no le hago ni caso). Me dicen que empujo muy bien y que en dos pujos más sale la niña.

Pero los dos pujos prometidos son cuatro y luego seis y…

…Yo empiezo a desesperarme. Y pierdo la paciencia. Porque empujar alivia pero empiezo a estar cansada del esfuerzo. Y siento que no puedo más. Que no podré aguantar un segundo más así…

… Y les pido que me saquen a la niña. Que me la arranquen. ¡¡¡¡Que hagan algo yAAAAAAA!!!!!!! ¡¡¡¡¡SAAACÁÁÁÁÁDMEEELAAA!!!

Pero las dos siguen sentadas en penumbra, diciéndome que no hace falta que me ayuden, que la estoy sacando yo… La ginecóloga va haciendo fotos y me las enseña (sobre todo a raíz de que haya empezado a llamarles mentirosas y a gimotear porque “¡¡¡la niña noooOOO SAAAALEEEEEEE!!!!”). Y Roser consigue que se me deje en paz una auxiliar que entra a preguntarme el número de DNI (mi marido, con las prisas, se ha olvidado en casa los papeles para el ingreso).

20:45. Estoy derrotada. No puedo con mi alma. Pero noto cada vez más presión y más dolor. Y empujo, empujo… Y me empiezan a arder (¡ME QUEMOOOOOOO!) las entrañas… “¡Tócate, María, tócate y podrás tocar su cabecita!”… Pero no atino a palpar nada, la verdad. Me duele tanto todo que no distinguiría al tacto una cabeza de una piña tropical…

21:00. Cuando estoy a punto de morir de dolor, alguien coloca frente a mí un espejo.

Y, gracias a esa ocurrencia, sentada en la silla de partos veo cómo tras un enérgico pujo empieza a emerger la cabeza de mi pequeña Lola. Qué maravilla.

De repente, no me duele nada.

Sólo existimos yo y esa pequeña cabeza azulada.

Otro empujón y aparece un hombro. No puedo creerlo… ¡La estoy pariendo! ¡Lola está naciendo!

Un segundo, perfecto e increíble hombro hace acto de presencia y, con un último apretón, la niña se desliza hacia mis manos, que instintivamente la buscan, la recogen y la colocan sobre mi pecho.

Estoy eufórica.

No puedo dejar de mirarla, embelesada.

Estoy tan eufórica que ni siquiera lloro.

Mi Lola huele a gloria y está húmeda y caliente. Y es tan nuestra… El feliz padre, detrás de mí, nos mira emocionado.

¿He dicho ya que estoy eufórica?

¡¡¡Podría escalar el Everest con mi bebé a cuestas!!!

Diez minutos después. Alguien sugiere que “el papá corte el cordón” y, claro, se niega en redondo (bastante ha hecho manteniendo el tipo hasta el final, con lo aprensivo que es, pobrecito…). La feliz mamá también declina el honor y supongo que Roser o mi ginecóloga suplen con profesionalidad nuestra falta de atrevimiento.

Después, niña en mano, me toca subirme a la camilla, ponerme panza arriba (ahora sí), alumbrar la placenta y recibir la costura de rigor porque me he desgarrado un poquito. Os ahorraré los detalles y me limitaré a decir que me pareció una cortada de rollo en toda regla (no dejé de gruñir y quejarme durante toooodo el proceso).

En algún momento, entre pinchazo y remendón, coloco a Lola en mi pecho y empieza a mamar con avidez (lo del afianzamiento espontáneo dando botes en la camilla no me parece muy seguro y como no quiero esperar hasta que me suban a planta y ahora Lola está muy despierta y alerta, decido enchufarla a la teta y listos).

Sobre las 22:00. Me despido de mi adorada ginecóloga (creo que le habré dado las gracias un millón de veces y me parecen pocas) y me sacan en camilla del paritorio, con la niña acurrucada sobre mí y Jorge a nuestro lado. Las auxiliares y un par de comadronas vienen a despedirse y me dicen que ha sido un parto precioso… Aunque una de ellas apostilla con picardía “aunque nos has dejado asustadas al resto de parturientas que después de oírte gritar creen que las vamos a matar o algo así…” Me río con ganas.

22:00. Llego a la habitación y me reencuentro con Roser… ¡E Inma! La pobre ha estado todo el tiempo esperándonos, aguantando el tipo sin recibir más noticias que un par de mensajes furtivos que Roser le ha ido enviando desde el paritorio.

Me alegro lo indecible de verlas. Soy muy consciente de que sin ellas (sin Nèixer a Casa) esto no hubiera sido posible… Probablemente, sin su apoyo y dedicación hubiera tenido un buen parto –como el de mi segunda hija–, pero su impresionante trabajo nos ha permitido recibir a Lola de una forma increíble. Mi hija ha nacido rodeada de amor y respeto (y humor, también humor). Y yo, que soy su madre, he parido sin prisas ni presiones. Sin que nadie me haya amenazado con meterme una media de calcetar hasta la garganta. Sin matarme de hambre o de sed. Sin que me meta mano hasta el fontanero del hospital. Sin tener que empujar calladita y obediente cuando a alguien le apetezca que lo haga. Moviéndome y gritando lo que me ha dado la real gana. Sin luces ni ruidos estridentes. Y, por cierto, sin la dichosa epidural (y no, no soy de una súper raza de chichis paridores ni una superwoman que aguanta muy bien el dolor).

Gracias a ellas, el parto de Lola no ha sido sólo un buen parto. Ha sido mucho más que eso. Ha sido un parto perfecto.

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