Crónica de un nacimiento anunciado

CRÓNICA DE UN NACIMIENTO ANUNCIADO
(La vivencia del padre)

Escribo estos recuerdos y pensamientos a petición de Inma y Roser, nuestras dos comadronas, dos profesionales como dos catedrales y con un corazón tan grande como el sol. Me dicen que lo que escriba puede ayudar a otros papás.
No recuerdo cuando fue mi primer contacto con el parto natural respetado, cuando fue la primera vez que oí hablar de esta forma de tratar y considerar el que para mí es uno de los dos acontecimientos más trascendentales en la vida de una persona: el nacimiento
(el otro sería la muerte).
Quizás es una de esas cosas que me vienen de serie, no se cuando comencé a sentir esa idea, es como si me preguntasen cuando empecé a a pensar que las guerras son malas. Lo que sí recuerdo es que desde el momento en que Agnès (mi pareja) y yo decidimos crear un hijo, comienzo a buscar información más detallada y concreta, tanto del parto natural, como del parto medicalizado de los hospitales. Y lo que encuentro de éste último me hace enfadarme mucho. Animo a los futuros papás a que se informen todo lo posible, que lean libros, miren documentales, que busquen en internet, en webs, blogs y foros y que acudan a reuniones como las que organizan Néixer a casa. Y a que lo hagan con pensamiento crítico, teniendo en cuenta que lo que se ha venido haciendo no es necesariamente lo mejor. Miedo me da la inercia de las tradiciones y costumbres. Pienso que hacer esto es ya un primer paso para asumir la responsabilidad de nuestras vidas, tomar conciencia y ser padre.
Total, que con estos antecedentes Agnès no tuvo que convencerme de nada y tomar la decisión de tener un parto natural fue tan fácil como respirar. Encontrar a las comadronas fue una tarea que dejé a Agnès. Ella pare, ella decide. Además las comadronas que eligió me cayeron bien desde la primera reunión que tuvimos, así que no hubo ningún problema.
El proceso del embarazo lo recuerdo como algo muy sencillo, más fácil de lo que me imaginaba (sobretodo por lo bien que lo llevó Agnès). Y digo proceso porque desde que se queda embarazada hasta que pare, lo vivo como un darme cuenta progresivo de hacia donde me dirijo, de hacerme a la idea de que en poco tiempo mi vida va a cambiar, de que compartiré mi vida con una tercera persona y seré responsable de ella. En este proceso me ayuda no solo mi propia vivencia interna, sino la reacción externa: charlas y comentarios de amigos y compañeros, la casa que va cambiando al prepararla para acoger a Gabriel, los cambios en el cuerpo de Agnès… incluso la ciudad parece que de repente empieza a mostrar unas hasta ahora ignoradas tiendas de repita infantil, cochecitos y mamás, parquecitos para niños… Lo que trato de expresar
es que ese miedo generalizado de que te cambia la vida de golpe no es tan así. Al menos yo no lo he vivido así, a mí me dio tiempo a prepararme. Bastante. Un poco. Lo necesario, vaya.
A Agnès le empezaron las contracciones un martes a las 11:30 de la noche. Los últimos días me iba contando que tenía contracciones que sentía diferentes, así que cuando me dijo que acababa de tener una contracción distinta no le di mucha importancia. Pensé: “una más”. Pero no. Minutos después me llamó para que fuera a su lado y así, sin más, comenzó a tener contracciones muy seguidas y fuertes. Nuestra idea previa de cómo sería el parto era que tendríamos tiempo de ir preparando todo, con la relativa calma que dan las horas de contracciones previas del preparto. Nada más lejos de la realidad. Agnès se metió en nuestra ducha porque el agua le calmaba y mientras yo iba calmándola como podía y contando las contracciones y preparando todo lo que tenía que estar preparado cuando llegaran las comadronas, Gabriel daba muestras de que venía rápido y decidido. Por cierto, me fui muy útil hacer una lista de todo lo que tenía que preparar y ensayar el parto previamente con Agnès. Y también una aplicación para el móvil que te ayuda a contar las contracciones (Contraction timer, es gratis).
Cuando vimos que aquellas contracciones no eran ninguna falsa alarma, ósea, a los pocos minutos, llamé a las comadronas. La voz que sonó en el teléfono era calmada, tranquila y feliz y ni que decir tiene, eso me calmó, aunque no lo suficiente. Los 45 minutos aproximados que tardaron en llegar Roser e Inma, los viví como un no parar de hacer cosas: le echaba agua suavemente para relajarla, le apoyaba y mimaba cuando gritaba, contaba las contracciones, ponía salvacamas, volvía a echarle agua, contaba contracciones, preparaba la infusión, más agua y mimos y gritos, más contar contracciones, sacar toallas, bajar persianas, agua, contracciones, gritos, poner la música, cartelito en la puerta, avisar a la familia, agua, contracciones, sábanas, gasas, agua, gritos, contracciones, linterna, tijeras, espejo, agua, contracciones, gritos y de repente suena el timbre ¡ya han llegado! Mis nervios se relajan, mujeres experimentadas están en casa. No obstante,
tengo que bajar a la calle y aparcarle a Inma el coche donde yo tengo el mío, que pondré a su vez en un chaflán. Esta maniobra se convierte en una pequeña odisea, que días después contaré como chiste pero que en el momento se me hace operación imposible. Problemas con las llaves y la marcha atrás. Finalmente consigo acabar la maniobra. El coche queda intacto. Me tomo unos segundos para respirar y relajarme antes de subir a casa. Cuando lo hago, veo que la situación se desarrolla con calma y sosiego y gritos interrumpidos por segundos de silencio. Inma y Roser están y no están. Cuando hace falta algo, ahí están. Después apenas noto su presencia. Volvemos a necesitar algo, aparecen de nuevo. Esta presencia intermitente ayuda a crear un espacio de intimidad y no interfieren ni molestan, todo lo contrario, ayudan y supervisan.
Una vez en el piso, terminamos de montar la piscina, cámaras y demás cosas pendientes. Al poco Agnès se mete en la piscina y yo me quedo a su lado pero sin meterme, lo prefiere así. Sigo echándole agua y dándole apoyo, recibiendo algún mordisco y arañazo, pero más que haciendo algo en concreto, estando, sobretodo estando. Agnès lo está haciendo todo sin ayuda apenas. La persona ha quedado oculta en algún lugar de su cuerpo y le ha relevado un animal, que gruñe, grita y resopla. Pura intuición, salvaje y natural. Estoy en un segundo o tercer plano en esta escena, en cambio, el papel principal es para la vida, una ola colosal invisible dividida en cada célula de esos dos cuerpos entrelazados que se van a separar por primera vez.
En un momento dado, después de cuatro horas de gritos casi ininterrumpidos, se hace una pausa. Como la calma que precede a la tormenta. Este instante mágico, sereno, silencioso y vacío se rompe cuando Agnés vuelve a gritar y de repente, en cuestión de segundos, Gabriel llega como un pez, rápido y con fluidez, como si nadara dentro de una corriente que se originó no se sabe dónde y que desemboca en nuestro regazo. Agnès llora con Gabriel en sus brazos, piel con piel, y yo, después de estar embelesado y sin dejar de sonreír en un momento sin tiempo, me meto en la piscina con los dos. Se me escapan las lágrimas y la felicidad por los ojos y la boca.Corto el cordón umbilical y cojo a mi hijo suavemente por su cabecita para darle una vuelta por la piscina, un primer
paseo cómodo, líquido y cálido por el mundo más allá del útero. Estoy tan contento de cómo ha ido todo, tan orgulloso de la fuerza, valentía y coraje de Agnès y Gabriel, de la suerte que es poder vivir esta experiencia, que me quedo en un estado de embriaguez de endorfinas, Y siento mucha felicidad porque, tal como quería, hemos podido darle la bienvenida a este nuevo mundo a Gabriel, mi hijo.

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